Mes de Reseñas de Clásicos de la Literatura
Sinopsis
Madrid, entre la revolución de 1868 y los primeros años de la Restauración. Juanito Santa Cruz, hijo único de una familia acomodada de comerciantes de paños, se topa por casualidad en una escalera de la Cava de San Miguel con Fortunata, una joven del pueblo a la que seduce y abandona a las pocas semanas. Poco después se casa con su prima Jacinta, enamorada de él desde niña e incapaz de darle hijos. Lo que parecía un capricho de señorito se convierte en una historia que atraviesa dos décadas, un matrimonio de conveniencia, un convento de arrepentidas y media ciudad. Todo se mantiene por una idea que nadie consigue arrancarle a Fortunata de la cabeza: que la verdadera esposa de Juanito Santa Cruz es ella.
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Fortunata y Jacinta empieza con un huevo crudo
Todo lo que viene después depende de esta escena. Juanito Santa Cruz sube la escalera de una casa de la Cava de San Miguel acompañando a Estupiñá, que se ha puesto enfermo, y en un rellano se encuentra con una mujer joven, con mantón, que está comiéndose un huevo crudo. Ella se lo ofrece. Galdós no ahonda más en la escena ni adelanta ninguna consecuencia. Su único propósito es colocar en el mismo portal a una mujer con hambre y a un señorito aburrido, para dejar que el lector se quede con el detalle. Ahí está la novela entera, y el resto del libro es el desarrollo de lo que ocurre en ese rellano.
Lo primero que llama la atención es que Galdós no crea a Fortunata como una víctima. Le concede algo que el siglo XIX casi nunca les daba a las mujeres del pueblo: pensamiento propia. Fortunata piensa. Piensa mal, de forma obsesiva y con una lógica testaruda que acabará con ella, pero piensa; y esa idea suya, la de que ella es la mujer legítima de Juanito y que todo lo demás son papeles, es el motor de todo el libro.
Enfrente está Jacinta, que debería ser el personaje aburrido de la historia y no lo es en ningún momento. Galdós le adjudica la herida más difícil: la esterilidad, en una casa donde todo consiste en transmitir algo, el negocio, el apellido, el dinero. Jacinta recorre Madrid buscando a un niño que no es suyo, se deja engañar por quien le vende uno falso y sigue queriendo a un marido que no lo merece. Las dos mujeres del título quieren exactamente lo mismo, y ninguna de las dos lo consigue por las buenas.
La revolución vencida, la restauración vencedora
La decisión formal que más me gusta del libro está en dos títulos de capítulo. Cuando Juanito vuelve al hogar con Jacinta, Galdós titula el capítulo «La restauración vencedora». Cuando rompe con Fortunata, «La revolución vencida». A pesar de la extensión de la novela, o hay una sola línea de más y, sin embargo, la trama sentimental está sincronizada con la política española con la precisión de un reloj atómico.
Leída así, la novela cambia de tamaño. Fortunata es el pueblo que irrumpe, que reclama lo que cree suyo y no sabe conservarlo. Los Santa Cruz son la Restauración: orden, apariencia, crédito y una tienda de paños bien situada. Y Juanito es la España que se cambia de bando en cuanto le conviene. La decisión más valiente de Galdós es que el hombre por el que pelean las dos protagonistas no vale nada. Es un vacío bien vestido, un cobarde con estudios. Es lo contrario a un héroe romántico; es un niño malcriado gastándose el dinero de su padre.
Alrededor de ese triángulo se mueve el Madrid más poblado de nuestra literatura. Doña Lupe, la de los pavos, prestamista de barrio con mejor cabeza para los números que cualquier hombre del libro. Maximiliano Rubín, el estudiante de farmacia enfermizo que se casa con Fortunata convencido de que la redime, y que a mí me parece el personaje más desgarrador del conjunto. Guillermina Pacheco, la santa que mendiga puerta por puerta para levantar un orfanato. Mauricia la Dura, don Evaristo Feijoo, Estupiñá, el tendero que conoce a toda la ciudad. Cientos de personajes, y ninguno está de más. Qué maravilla, por favor.
Casi 400000 palabras y un narrador cotilla
Ahora viene la parte que no suele contarse en las reseñas de clásicos. Fortunata y Jacinta es larga. Muy larga. Según internet (no me voy a entretener en contarlas) tiene algo más de 395000 palabras. Solo en el arranque dedica capítulos enteros a la genealogía de los Santa Cruz y a la historia del comercio de tejidos en Madrid antes de que ocurra nada. Regálate tiempo y no esperes el ritmo de una novela contemporánea, porque entonces la abandonarás en el tercer capítulo.
Mi consejo es leerla como se leyó en su día, por entregas. Galdós la publicó en cuatro volúmenes a lo largo de seis meses de 1887 y funciona muy bien a razón de una parte por semana, sin ninguna culpa por dejarla reposar. Conviene además aceptar las digresiones como parte del trato: esa historia del comercio de paños no funciona como relleno, es la explicación de por qué esta gente es como es. En este libro nadie hace nada que su dinero no explique.
Y hay un detalle que la moderniza entera: el narrador. No es neutral. Se presenta como amigo de la familia Santa Cruz, cuenta lo que le han contado, admite lo que solo supone y se permite juzgar a los personajes por encima del hombro. Es un cotilla. Casi ciento cuarenta años antes de que el narrador poco fiable se convirtiera en materia de taller de escritura, Galdós ya tenía uno trabajando a jornada completa.
El pueblo le presta un heredero a la burguesía
No voy a contar el final, pero sí el mecanismo, porque es lo que convierte esta novela en una obra mayor. La familia Santa Cruz, con toda su fortuna, su apellido y sus modales, no puede continuar por sí sola. Necesita a la mujer de la Cava de San Miguel. La familia decente necesita que una mujer del pueblo le resuelva lo único que su dinero no puede comprar.
Por eso el libro no envejece. Mira, haz una prueba: Cambia la tienda de paños por una empresa familiar, cambia el chismorreo de la escalera por el escaparate de las redes sociales, y comprobarás que seguimos llamando decencia a lo que muchas veces solo es dinero suficiente para aparentarla. Galdós lo vio con una claridad incómoda y lo escribió sin soltar un solo sermón, que es lo verdaderamente difícil.
Si la tienes aparcada por su tamaño, o archivada en el cajón de las lecturas obligatorias del instituto, julio es buen mes para saldar la deuda. Léela despacio, sin prisa por terminarla. Y cuando llegues al final, fíjate bien en quién se queda con el niño.
Aquí tienes el libro en la web de Cátedra, en una genial edición anotada (Letras Hispánicas, edición de Francisco Caudet). También está en Alianza Editorial y Austral.
Por cierto, puedes disfrutar de más reseñas como esta en nuestra sección: Los clásicos de El quinto libro.
Sobre Benito Pérez Galdós
Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843 – Madrid, 1920) llegó a Madrid con diecinueve años para estudiar Derecho y acabó dedicándose al periodismo y a la novela. Es el escritor español más importante del siglo XIX y uno de los más productivos de nuestra historia literaria: los cuarenta y seis volúmenes de los Episodios Nacionales, repartidos en cinco series, conviven con el ciclo de las Novelas españolas contemporáneas, donde están Fortunata y Jacinta, Miau, Tormento, Tristana o Misericordia.
Fue diputado, republicano y una figura pública incómoda para los sectores más conservadores del país, que llegaron a mover campaña contra su candidatura al Premio Nobel. Pasó sus últimos años ciego y con serias dificultades económicas, dictando lo que ya no podía escribir. Cuando murió, en enero de 1920, la ciudad que había retratado portal a portal lo despidió con un entierro multitudinario.
Ficha Literaria
- Título: Fortunata y Jacinta
- Autor: Benito Pérez Galdós
- Editorial: Cátedra, Letras Hispánicas (edición de Francisco Caudet)
- Páginas: 872 tomo I y 792 tomo II
- Año de publicación original: 1887
- Género: Novela realista