Reseña de Francisco Nieto
En Cartago: Una nueva historia de un antiguo imperio, Eve MacDonald se propone recuperar una civilización conocida principalmente a través del testimonio de sus verdugos. En lugar de repetir la historia ya conocida —Cartago como la astuta y moralmente cuestionable rival de Roma—, MacDonald plantea una pregunta más compleja: ¿qué se puede decir de Cartago cuando dejamos de aceptar la hostilidad romana sin cuestionarla y, en cambio, combinamos las fuentes literarias hostiles con dos décadas de investigación arqueológica y científica?.
El libro recorre la historia de Cartago desde sus orígenes fenicios hasta su destrucción en el 146 a. C., pero su verdadero tema no es la cronología. La autora sostiene que Cartago no fue un antagonista secundario en el ascenso de Roma, sino una de las culturas fundacionales del Mediterráneo occidental. Roma no solo derrotó a Cartago, sino que heredó y adaptó muchos de sus sistemas económicos, prácticas marítimas y presuposiciones imperiales. Esto se plantea como una corrección a una historiografía marcada casi exclusivamente por la supervivencia romana.
MacDonald destaca especialmente cuando la arqueología aporta lo que los textos romanos no pueden. La devaluación de la moneda durante la Primera Guerra Púnica revela la tensión económica con mayor claridad que cualquier relato moralizante de Polibio: el contenido de plata disminuye, la inflación es cuantificable y la desesperación se vuelve tangible, en lugar de meramente retórica. El análisis de ADN e isótopos de fosas comunes complejiza las nociones simplistas de «ejércitos mercenarios» y, en cambio, apunta a un mundo mediterráneo altamente móvil e interconectado. Su análisis del Tophet —un santuario que contiene miles de urnas con restos de infantes cremados que, según los romanos, demostraban el sacrificio infantil— es minucioso y comedido: resiste tanto el sensacionalismo romano como las ilusiones modernas, aceptando la ambigüedad cuando la evidencia lo exige.
La escritura se mantiene accesible sin caer en la condescendencia. La autora utiliza figuras conocidas como Dido, Amílcar, Aníbal y Sofonisba como puntos de partida para comprender estructuras políticas y sociales más amplias, en lugar de como figuras centrales heroicas. La guerra ocupa la segunda mitad del libro, pero el comercio, la agricultura, la religión y el gobierno cívico siguen siendo fuerzas presentes, no meros elementos de ambientación. Cartago emerge como una sociedad moldeada por la negociación entre élites oligárquicas, asambleas populares y generales poderosos, un equilibrio que a menudo fue productivo y, en ocasiones, desastroso.
Las limitaciones del libro son reales, y MacDonald las reconoce sin reservas. La ausencia de voces cartaginesas obliga a realizar inferencias que, en ocasiones, se basan en la sospecha sobre las motivaciones romanas. Los lectores que esperen una reconstrucción completa de la perspectiva cartaginesa encontrarán que el silencio de las fuentes permanece obstinadamente intacto. Sin embargo, esto no es tanto un defecto como una condición inherente al tema, y MacDonald rara vez exagera lo que la evidencia puede afirmar.
En definitiva, el libro no anula la victoria de Roma —eso es imposible—, pero sí rompe el monopolio romano sobre la interpretación. La autora no pide a los lectores que admiren a Cartago acríticamente. Les pide que reconozcan hasta qué punto la historia del Mediterráneo se ha visto limitada por la conquista: cómo las redes económicas, las innovaciones en la construcción naval y los experimentos políticos se han filtrado a través de la memoria romana. Al hacerlo, restituye a Cartago su papel histórico como contrapunto de una civilización importante cuya pérdida mermó la narrativa que Roma continuó contando unilateralmente.
Cartago, de Eve Macdonald. Publicado por la Editorial Taurus.