Tres pasiones

Viviana Vázquez

Tres pasiones

  • AUTORA:

    Viviana Vázquez

  • FECHA

    13 marzo 2026

  • CONTACTO

    vazquezviviana38@gmail.com

Quiero saber lo que es la pasión -oyó Lenina, de sus labios-. Quiero sentir algo con fuerza. (Aldous Huxley)

 ¿Qué es la pasión?, se preguntó Albertina mientras viajaba en autobús hacia su trabajo en una fábrica montando frascos de vidrio de distintos tamaños. Sin duda, se dijo, la pasión puede manifestarse de innumerables formas. De algo estaba segura: el interés en su trabajo no contenía ni un ápice de pasión. Se levantaba a las 4.00 de la mañana, se duchaba, desayunaba un café, le daba de comer a su gato y bajaba hacia la parada del autobús cuando aún no había salido el sol.

Llegaba a la fábrica, se sentaba frente a una máquina y se ponía a mover sus manos de manera mecánica, dándole forma a lo que se convertiría en el recipiente de, por ejemplo, un perfume de alta gama. A las 11.00 de la mañana, hacía una pausa para comer un bocadillo de queso acompañado con un cortado con leche caliente.

Albertina se sentaba siempre en la misma mesa, en la terraza del bar para poder fumarse dos o tres cigarrillos. Nadie notaba la presencia de Albertina, pero si alguien la hubiese mirado a los ojos, habría visto una mirada perdida, sin ninguna chispa de interés o entusiasmo, dos ojos vacíos esperando que llegara la hora de acabar la jornada de trabajo para volver a casa, hacer una siesta, luego ordenar el piso y ver la televisión durante un par de horas. Tocaba acostarse temprano para poder madrugar mañana tras mañana.

Una de esas mañanas, mientras hacía la necesaria pausa, cansada del cansancio y del más brutal aburrimiento, se puso a escuchar la conversación que mantenía un grupo de personas en la mesa de al lado.

– La derecha es necesaria. Mano dura – decía uno

– No, la solución es una izquierda revolucionaria – decía otro

– ¿Y el comunismo? Si Marx se enterara de lo que hicieron con sus ideas, se revolvería en su tumba

– Franco hizo mucho por España – opinó una

– Sin socialismo no hay estado de bienestar – dijo otra.

– La salud y la educación deben ser universales y gratuitas, proporcionadas por un Estado poderoso  – aportó uno

– No, lo mejor es la libertad individual y social en lo político y la iniciativa privada en lo económico y cultural. Hay que limitar la intervención del Estado

Albertina comenzó a darle vueltas a la idea de democracia. No pudo más que sentir rechazo por esas palabras. Las encontraba poco edificantes. Albertina sabía que el problema en la sociedad era la falta de un proyecto común, que era necesaria la conciencia como un tribunal interior. La política, la democracia en nuestro caso, constaba de opiniones cambiantes y de intereses privados que nada tenían que ver con el bien común. Aquel filósofo rey del ateniense estaba muy lejos de los políticos, de cualquier ideología.

Cuando sonaba el despertador se incorporaba sin ganas y le daba un manotazo para aprovechar diez minutos más de sueño. ¿Qué es la pasión?, se preguntó Albertina. Una de esas madrugadas, mientras se duchaba, comenzó a reflexionar.

La pasión es un fuego que nos inspira. Cuando sentimos pasión por algo o alguien, no podemos estar quietos. La pasión es un motor que nos impulsa a darlo todo por aquello que amamos, personas o actividades. La pasión no tiene nada que ver con el dinero. A los que los mueve el dinero, no tienen pasiones porque la pasión es profunda, se siente bien adentro del corazón y el dinero está en la superficie, es irrelevante cuando sabemos que no podríamos vivir sin esa fuerza irresistible que es la pasión.

Después de pasarse días pensando en la pasión o las pasiones llegó a algunas conclusiones. La primera fue darse cuenta de que una de sus pasiones era el anhelo de amor. Lo había buscado incansablemente. Pero ¿qué era exactamente lo que significaba el amor? Albertina descubrió que hay muchísimas maneras de amar. Se puede amar al prójimo, luego está el amor propio, y el amor de pareja es decir la fusión entre un hombre y una mujer que deciden compartir sus vidas.

Albertina quería encontrar un amor más profundo y duradero. Un amor más sólido. Las pasiones del cuerpo, dedujo Albertina, no duran. Nos sentimos atraídos hacia una persona y el impulso es casi ingobernable. Pero este tipo de pasión no es profunda y se apaga rápidamente. Las verdaderas pasiones no se agotan. Al contrario, si las alimentamos cada vez calan más hondo y se van perfeccionando.

Definitivamente, el amor verdadero es una pasión del espíritu no del cuerpo. Albertina pensó que a aquella falsa pasión había que controlarla, desarrollarla y direccionarla hacia algo más que una mera pulsión. ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? , se preguntó Albertina. Y la respuesta la encontró en un programa de televisión. Y decía así:

«El amor es absoluto. No puede darse a medias ni llevar una máscara. El amor es alegrarnos por el otro, buscar el bienestar de nuestros semejantes. El amor es pura generosidad sin límites. A veces hay que buscarlo pero siempre de manera consciente. El amor no es ciego, para nada. Es la capacidad de darnos cuenta de que podemos contribuir para que la humanidad viva mejor, sin odio, sin sed de venganza. La pasión por este tipo de amor no acaba ni arde de manera descontrolada. Es una pequeña llama que a la vez ilumina y da calor»

La educación de Albertina era escasa. Sólo había acabado la ESO pero tenía cierta tendencia y curiosidad hacia el conocimiento. No era una gran lectora pero sí veía programas culturales en la televisión, como el que le dio una buena definición del amor. También algunos documentales. Pensó, entonces, que otra pasión puede ser el hecho de saber cosas, de aprender, de crecer. Cuando el programa o el documental acababan, Albertina se sentía transformada, más sabia, más satisfecha.

Así, logró desarrollar un amor hacia las ideas, dejando atrás el mundo sensible, el que percibimos con nuestros sentidos. Albertina veía luz cuando obtenía cualquier tipo de aprendizaje. Este amor al conocimiento era totalmente inútil a fines prácticos. No servía para nada en la sociedad. No nos daba ni trabajo ni dinero ni clase social. Sólo nos hacía mejores personas, que no es poco pero lamentablemente, en el mundo de hoy, no hay sitio para lo inútil. Todo lo que hacemos es un medio para un único fin: acumular.

El mundo, reflexionó Albertina, era un gran supermercado donde sólo se vendía humo. Las personas éramos condicionadas y la mayoría estaba hiperadaptada. Albertina creía que la capacidad de adaptarse era en sí algo bueno pero cuando la adaptación es absoluta, cuando no queda nada de libre albedrío, cuando no elegimos de manera consciente, cuando nada es sometido a juicio crítico, estábamos frente a robots que se movían sólo para conseguir bienes materiales.

Así, pensando en el amor y el perfeccionamiento del alma, Albertina supo de inmediato que era necesaria otra pasión: la compasión. Frente al sufrimiento del mundo no podemos quedarnos de brazos cruzados. Había que salir ahí, a defender a los desprotegidos, a ayudar a los débiles. Sabía, Albertina, que ayudando a los demás, siendo solidarios todo a nuestro alrededor mejoraba. Entonces, a pesar de que Albertina había pensado en tres pasiones: el anhelo de amor, el conocimiento y la compasión, estas tres pasiones giraban alrededor de la misma órbita: la del desprendimiento, la de la eliminación del ego, la de la consciencia de ser hermanos en este camino, que nunca es meta, de la vida.

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