Reseña de Viviana Vázquez
Sinopsis
La trama de Las lágrimas de San Lorenzo es simple. Es la historia de un hombre, el narrador, que vivió diez años de su juventud en Ibiza y vuelve a la isla después de muchísimos años con su hijo que tiene ahora doce años para enseñarle un sitio que lo marcó profundamente. De la misma manera que el narrador hacía con su padre, él y su hijo miran las estrellas fugaces que pasan por el cielo y desaparecen. Esas estrellas son las lágrimas de San Lorenzo.
El mar, la noche, la memoria, el tiempo
Lo que verdaderamente importa de esta novela son las reflexiones que hace el narrador sobre la inocencia de la infancia, ese paraíso perdido cuya felicidad no necesita más que una noche estrellada para ser total y completa, la gran limitación del paso del tiempo y ese dulce y fugaz pájaro que es la juventud. Sabemos del narrador que es profesor universitario y también un caminante que vagó por diferentes partes del mundo. Y aquí el viaje como metáfora de la búsqueda de uno mismo, un viaje en el que uno es sólo un pasajero de la vida, sin echar raíces en ningún sitio. Su vida había sido siempre un barco a la deriva. A veces llevar una vida agitada e itinerante nos distrae del peso y la responsabilidad de tener que construir algo significativo con ella.
Estrellas como recuerdos
Nos cuenta este profesor que tuvo que saber acerca de la muerte a muy temprana edad. Su tío, Pedro, desapareció durante la Guerra Civil española. La palabra usada es desaparecido, un fantasma pero sin acabar de serlo del todo. Esa imposibilidad de darle sepultura a personas que queríamos tanto. Sólo quedaba en su casa de infancia una foto de este tío y nadie hablaba de él. Así, Llamazares nos invita a reflexionar sobre las consecuencias de las guerras y como éstas, a su paso, llenan todo de muerte y dolor.
Al principio de la novela, el narrador comienza a recordar cuando su padre le indicaba en el cielo los nombres de las estrellas, el cielo era como un lienzo pintado de estrellas. Su padre también le decía que cada ser querido muerto era una estrella más en el firmamento. Un cielo que jamás dejó de contemplar por miedo a que las estrellas de esos recuerdos desaparecieran para siempre.
Dulce pájaro de juventud
Sabemos, también, que llegó a Ibiza con veintidós años, luego de acabar la carrera, un mes de julio. Él, que apenas había salido de Bilbao, encontró en la isla la libertad que tanto anhelaba. Es así como Julio Llamazares nos invita a comparar la juventud con el verano en la playa. «Era joven y la vida ardía» leemos. Deseoso de saber qué le tenía reservado el destino. El tiempo cuando uno es joven es como el mar, inagotable y siempre volviendo. Y lo que preocupa a los que, como el narrador, rondamos los cincuenta es que «nos hemos pasado la mitad de la vida perdiendo el tiempo y la otra mitad queriendo recuperarlo» como le dice su padre.
El protagonista de Las lágrimas de San Lorenzo hizo algunos amigos entrañables en Ibiza y, aunque no los volvió a ver, sus recuerdos de esa época están intactos. Se tumbaban en la arena, en verano, mirando el cielo con un porro que iba y venía. La nostalgia de una época sin miedo, cuando lo único que hay es presente. El pasado aún no pesa y el futuro no existe. Cuando nunca estamos solos y si lo estamos, no nos asusta. Y así es como el narrador nos cuenta sobre sus mujeres en Ibiza. Cómo gozaban de la belleza de sus cuerpos y hacían el amor en la playa. Pero toda época termina. Esta libertad casi absoluta fue reemplazada, como lo es siempre, por un trabajo estable, las obligaciones, los horarios, los hijos.
Ciudades y nostalgia
Cuando el narrador nos cuenta sobre las muchas ciudades en las que vivió en los dieciocho años que pasó fuera de España, nos las describe, porque las ciudades tienen personalidad propia. Aunque uno sea un extraño, el espíritu de la ciudad nos penetra. Refiriéndose a la ciudad alemana de Constanza leemos: «¿No será como Paris, o como las propias Ginebra y Zúrich… una aglomeración urbana moderna sin el encanto que su localización sugiere: tendida al borde de un lago con los Alpes contemplándola desde su altivez geológica»
Nos enteramos también de que el protagonista ha tenido problemas con el alcohol y que fue justamente la nostalgia lo que lo impulsó a beber y le hizo caer en una tristeza infinita. Sabedor de que amamos, sufrimos, queremos vivir y acabamos muriendo. Ha siempre postergado la escritura de su novela para no sucumbir del todo a la depresión. Y aquí hace una reflexión sobre la noche, cuando la tristeza pesa más, cuando la noche hace la soledad aún más evidente: «Millones de personas en el mundo duermen ajenas a las demás…todas con sus temores y con sus miedos y con sus sueños irrepetibles y tan efímeros como la propia vida»
Nostalgia por todo, por la juventud perdida, por ver el deterioro de sus padres y saberse él mismo mal padre, lo que lo llena de culpa. Ese momento que a todo padre le cuesta afrontar: el momento de pedir perdón a los hijos y a su vez los hijos nos damos cuenta de que nuestros padres no son lo que creíamos. Julio Llamazares nos habla de ese miedo a la soledad que sobreviene con el paso del tiempo. Cuando uno es joven se cree inmune a esa rueda del tiempo que no se detiene.
En esta novela, tan íntima y tan profunda, los verdaderos protagonistas son el mar y la noche. La nostalgia por lo que ya no existe, por lo que perdimos. El cielo llora por lo que nos dieron y quitaron. Y esas lágrimas son la prueba de que la vida es una estrella fugaz, tan fugaz como los deseos de los hombres. Julio Llamazares nos habla de las marcas que deja la juventud en los que fuimos verdaderamente jóvenes y parece decirnos: A veces, no hay que volver al lugar donde fuimos felices.
Sobre Julio Llamazares
Julio Alonso Llamazares (Vegamián, León, 28 de marzo de 1955) es un novelista, escritor de viajes, poeta y guionista de cine español. Fue dos veces finalista del Premio Nacional de Literatura de España por sus novelas Luna de lobos (1985) y La lluvia amarilla (1988).
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