Reseña de La quinta estación

28 mayo, 2018
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28 mayo, 2018 Alfonso Gutiérrez Caro

Título: La quinta estación

Autora: N.K. Jemisin

Editorial: Nova

Año: 2017

Páginas: 444

Género: Fantasía

Calificación: 

Sobre la autora

N.K. Jemisin (Iowa, 1972) es una escritora que cultiva con éxito los géneros fantástico y de ciencia ficción, logrando una interesante mezcla de ambos que, junto a la creación de nuevos y fascinantes mundos, conforma su característico sello personal. Su primera novela, Los cien mil reinos, fue nominada a los prestigiosos premios Nébula y Hugo en 2011. The kingdom of Gods, su siguiente obra, también quedó finalista en el Premio Hugo a la mejor novela de ciencia ficción, premio que finalmente acabó alcanzando en 2016 con La quinta estación, la novela que nos ocupa y que es la primera de la llamada Trilogía de la Tierra Fragmentada, que continua con la también premiada El portal de los obeliscos y que culmina con The sky stone, aún inédita en nuestro país.

Crítica de la novela La quinta estación

La autora estadounidense nos traslada a un fantástico mundo formado por un único y enorme continente conocido como La Quietud, un lugar ciertamente peligroso e inestable en el que los terremotos y demás desastres relacionados con la tectónica de placas están a la orden del día. De hecho cada equis años tiene lugar lo que se conoce como la quinta estación, fenómeno en que estos desastres naturales ponen en jaque al planeta entero, amenazándolo con su total destrucción. Para luchar contra la implacable fuerza de la naturaleza existen los orogenes, humanos que tienen el poder de controlar los fenómenos sísmicos, la tierra y el aire. Lo curioso del tema es que estos orogenes son considerados como “malditos” por el resto de los humanos, temidos e incluso esclavizados, existiendo una arcana orden conocida como el Fulcro que se encarga de adiestrar a esta especie de mutantes con la finalidad de que puedan controlar su poder y ser de ayuda cuando llegue la próxima quinta estación.

La historia se estructura en tres interesantísimas historias que acaban por confluir. Por un lado tenemos a Essun, una mujer de cuarenta años que un buen día (más bien uno horrible) descubre el cadáver de su hijo tirado en el salón. El sospechoso número uno es su marido, quien asesinó a su hijo al descubrir que tenía orogenia y, además, ha huido junto a la hija de ambos. Essun emprenderá un viaje impulsada por la venganza para dar con su marido. La segunda historia está protagonizada por una niña llamada Damaya la cual, tras ser delatada por parte de sus padres debido a su condición de orogen, será llevada por un Guardián (personas capaces de controlar a los orogenes) a una de las “escuelas” del Fulcro, lugar en el que la ayudarán y entrenarán en pos de conseguir un pleno dominio de sus poderes. O lo que es lo mismo: hasta que la conviertan en un instrumento útil para la sociedad. Por último encontramos a Siena, o Sienita, una joven orogen de cierto nivel dentro del Fulcro a la que se le encomienda una importante misión junto a Alabastro, uno de los orogenes más poderosos de La Quietud…

La quinta estación destaca por varias cosas: la primera de ellas es la excelente narración de N.K. Jemisin, mayormente en presente en tercera persona, teniendo los capítulos protagonizados por Essun un peculiar enfoque: nos habla directamente a nosotros, como si el lector y Essun fuesen una misma persona. Igualmente destacable es la construcción de este mundo llamado La Quietud, que se siente original de verdad, cosa muy difícil de conseguir hoy en día. Con unas reglas básicas y la separación de la sociedad en diversos estratos según su función/poder, junto a la descripción de los fenómenos destructivos naturales que pintan un mundo en constante peligro, Jemisin logra dotar de vida un mundo peculiar y atractivo, con sus propias pautas.

Otro de los puntos potentes de la novela es el sorprendente desarrollo de unos personajes sólidos y bien trabajados, en especial los personajes femeninos sobe los que se construye la historia: niña, adolescente y mujer adulta, mujeres con el poder de salvar pero también de destruir el mundo. En ellas se asienta la propia estructura de la novela, que la autora teje de manera muy inteligente y sorprendente, si bien es cierto que también va dando sutiles pistas con las que el lector avispado puede adelantarse a los acontecimientos.

Quizás alguno se pueda desesperar al principio cuando Jemisin nos “empuja” a este complejo mundo nuevo y desconocido del que apenas nos da unas características generales. Es yendo capítulo a capítulo cuando las particularidades de la Quietud van saliendo a escena, cuando vamos comprendiendo e interiorizando la multitud de palabras raras que la autora introduce para este mundo: los citados orogenes (u orogratas), comubundos, lomocurtido, balasto, litoacervo, sesapinar… Son solo algunos de los términos con los que hay que familiarizarse para no perderse en la trama pero, como digo, pasadas unas páginas le coges el punto (además, en las últimas páginas del libro hay un completo apéndice de estos términos). Lo mismo ocurre con el funcionamiento del propio mundo, en principio puede resultar algo confuso pero con el paso de las páginas descubres que es más simple de lo que parece.

La quinta estación es una historia original que tiene su fuerte en la construcción de un mundo que ofrece frescura al lector, en una estructura digna de aplauso y en unos personajes bien trazados. Sin embargo siento que me ha fallado donde más la necesitaba: en las emociones. La historia es buena y la narración mejor, pero me ha faltado conectar a nivel emocional con la historia, no sabría decir por qué, pero me ha dejado un tanto frío al final. A pesar de esto es una lectura que recomiendo encarecidamente a los aficionados a la literatura de fantasía y ciencia-ficción, porque es raro encontrarse con algo que no suene a algo ya visto, y porque Jemisin trata al lector con inteligencia, abriendo un mundo que ofrece muchísimas posibilidades. Recordemos que La quinta estación es tan solo el inicio de un épico viaje.

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Alfonso Gutiérrez Caro

Padre, profesor de historia, cinéfilo y devorador de novela negra y de ciencia-ficción. Autor de las novelas Defecto de fábrica, Universo salvaje y La sangre no salta.

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