A sueldo

Víctor Mirete

A sueldo

—Señora, en este país sobrevivir es un trabajo, y yo intento trabajar todos los días.

—Yo no pretendo sobrevivir, ya estoy muerta. Lo único que pretendo es matar.

Aquella mujer no era como la demás. Lo pude ver en sus ojos, en esa peculiar forma de alzar el vuelo de su falda al caminar. ¿Qué tipo de mujer es la que se planta delante de un tipo como yo queriendo que mate a su hijo y a su marido? No una mujer normal, eso seguro.

—¿Y cómo piensa matarlos si no sabe dónde están?

—Para eso le necesito. Dicen que es el mejor buscando a gente, y matado a esa gente que busca.—Eso es porque aún no me he cruzado con nadie que quiera encontrarme y matarme. El día que eso ocurra tendré el cincuenta por ciento de probabilidades de morir.

—Empiece a buscar en México.

Su gesto no se modificaba con nada que yo pudiese decir. Permanecía indemne a todo, como si de verdad ya estuviese muerta. Su gesto no era un gesto serio, tampoco amenazante. Era más bien un rictus frío y carente de emociones. Desfiló frente a mí como lo hace un león ante su presa antes de cazarla. Sabçia quién era yo y lo que había hecho, pero lejos de temerme, me necesitaba, como el sol necesita al polvo.

—Señora, va a necesitar una buena razón para que limpie mi revólver, ensille, cargue mi caballo y decida cabalgar por media América, cruzar la frontera de México para encontrar a esas dos personas a las que quiere quitarles la vida.

—Tengo una bolsa llena de cientos de razones —dijo, colocando la mano en una de las alforjas que portaba su caballo, clavando una férrea mirada en mí y esperando que me decidiese, fuese cual fuese la decisión. Sin embargo, algo me decía que no había más decisión probable en sus expectativas que una. Dejé caer mi cigarro y me levanté despacio de la silla donde había estado sentado varias horas tomando cerveza caliente. Me recoloqué el sombrero y descendí los dos escalones del porche. Me situé a cinco centímetros de ella y sin complacencia alguna le dije aquello que necesitaba escuchar.

—Un caballo no es un buen sitio para guardar tanto dinero.

Tres semanas más tarde ya había atravesado Misuri, Oklahoma, Texas y la frontera de México hasta llegar a Santa María del oro, un pequeño pueblo al norte del estado de Durango. Aquella fue la parte más difícil. No resulta sencillo esquivar a los Apaches en el árido territorio sureño, enfrentarse a los forajidos, a los ladrones o a los renegados del ejército de los Estados Unidos. Todo el mundo quiere matar a alguien. Así funcionan las cosas en esta parte del mundo. La única diferencia es el motivo por el que lo haces. Habitualmente el dinero, pero a diferencia de lo que podía parecer, esa no era mi motivación esta vez. No acepté su dinero porque

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