La tienda de empeños

Paco Rabadán Aroca

La tienda de empeños

Akane mira por la ventana mientras escucha los sollozos de su padre enfermo que llegan desde la habitación. Piensa en que ninguno de sus sueños se ha cumplido desde su llegada al «país de las oportunidades», hará un par de años. El hombre que ahora agoniza en su cama lo embarcó en aquella nueva vida en Los Ángeles.

—Nuestro talento es muy apreciado en Norteamérica —decía antes de hacerlos abandonar Japón, contagiándole su ilusión.

El padre de Akane se muere por minutos y él no tiene dinero para comprar medicinas que alivien los mordiscos de dolor. No han encontrado trabajo y los ahorros ya se han consumido. Observa al otro lado de la calle la tienda de empeños que hay junto al cruce. Sabe que no les queda nada que vender, excepto el nihontô que ha pertenecido a su familia durante generaciones y que ahora se exhibe colgado de unas púas oxidadas en la pared del salón. Es consciente de que su padre preferiría morir acompañado de los peores tormentos antes de vender la única herencia familiar, pero el joven no está dispuesto a permitir que sufra más.

Akane entra en la tienda de empeños con la esperanza de sacar un buen puñado de dólares por la katana, nombre por el que conocen el arma los occidentales. Al fin y al cabo, piensa mientras el tintineo del artilugio colgado de la puerta anuncia su llegada, en aquel lugar hay desde martillos, bates de béisbol o motosierras. Conoce a Maynard, el dueño de la tienda, de vista. Es un tipo misterioso que rara vez se deja ver fuera de allí. La única visita que recibe es la de un siniestro guarda de seguridad que conduce una ruidosa chopper.

Maynard alterna ojeadas entre la katana y el joven japonés, que no le gusta la forma en que lo mira y clava la vista en la bandera sureña que cuelga detrás del mostrador, junto a unas viejas placas de matrícula. Percibe un lejano sonido de cadenas que asciende desde el sótano acompañado de un gemido sordo. Desea salir de aquella tienda cuanto antes.

—Seguro que a Zed le gustaría. —Akane duda por un momento si se refiere a la espada o a él mismo, ya que no deja de mirarle con ojos febriles.

El joven acepta los billetes que saca Maynard de la caja registradora sin poner objeciones. Es un precio ridículo, pero necesita el dinero. Sale a la calle lo más rápido que puede sintiendo los ojos de aquel hombre clavados en la espalda.

Un ruido le sobresalta mientras camina por la acera: dos automóviles acaban de chocar en el cruce y un negro enorme ha sido atropellado. El tipo que conducía el coche abandona deprisa el accidente y se refugia en la tienda de empeños. El negro se incorpora y sale tras de él con una pistola en la mano.

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