El cuervo

Alfonso Gutiérrez Caro

El cuervo

Iulian tenía la cara hecha un cromo. De lejos, de vistazo fugaz, se le daba un aire a un joven Humphrey Bogart, el de películas protonoir como El bosque petrificado o Los violentos años veinte. En las distancias cortas la cosa cambiaba, el efecto Bogart desaparecía, pasando a primer plano una nada desdeñable colección de cicatrices repartidas por la frente, el pómulo izquierdo y la barbilla. Llevaba la cabeza rapada al uno y un pendiente con forma de cruz de Malta en la oreja izquierda.

El negro era su color. Todo, desde la sudadera a los pantalones tácticos con múltiples bolsillos, incluyendo las botas militares Dr. Martens y la bomber que llevaba doblada sobre el regazo, eran del color de la obsidiana. Ocupaba el asiento 10-D del vuelo 2381 que, procedente de Alicante, aterrizaría en el aeropuerto Ferenc Liszt de Budapest pasada la medianoche.

Mataba el tiempo mascando chicle de menta, tratando en vano de echar una cabezada, haciendo crucigramas en una app de su móvil. Tras tres horas en el aire, el avión tocó una tierra cuyos termómetros marcaban cero grados. Recogió su bolsa, esperó pacientemente su turno para abandonar el aparato y caminó con la chaqueta cerrada hasta el mentón por la caótica senda de vallas amarillas y cordones de plástico que le llevaría de la helada pista a la zona de párking.

El camino hacia la ciudad fue tranquilo. Conducía el viejo BMW 318 de su hermano mayor (condenado a once años por robo a mano armada) una reliquia familiar que llevaba a modo de recuerdo, como si agarrando ese volante, accionando esas marchas y pedales recuperara fugazmente su libertad. En cosa de veinte minutos dejó atrás el oscuro y monótono paisaje de naves industriales y edificios a dos aguas para adentrarse en la vacía avenida József Korut, flanqueada por decenas de árboles iluminados con llamativas luces navideñas.

Neci le esperaba en su apartamento favorito de la ciudad, un señorial edificio neorenacentista de finales del siglo XIX con vistas a la célebre Casa del Terror. El interior, tan cálido como oscuro, estaba impregnado con el aroma acumulado de mil cigarrillos.

—Llegas tarde, tengo un asunto importante pendiente —dijo ella, una señora de unos cincuenta años, robusta como una Neanderthal, con abundante cabello blanco recogido en una coleta y fríos ojos grises que miraban la hora—. ¿Cómo ha ido?

—Bien.

Iulian abrió su bolsa para entregar un sobre con una cantidad más elevada de la que su jefa esperaba. Neci elevó una de sus cejas y sonrió. Odiaba equivocarse, pero le encantaba cuando sus previsiones quedaban por debajo de la realidad.

 —Esto está muy bien, chaval. El negocio debe ir a toda máquina en la costa española…

—Han doblado el pedido para la próxima entrega.

—Maravilloso, Iulian, maravilloso… Sé que no te hacen especial gracia, pero vas a tener que irte acostumbrando a estos viajecitos. Quiero que te encargues de esto.

—Los viajes no son problema, señora. Haré lo que tenga que hacer.

—Pocos hombres quedan como tú — Neci abrió el sobre para coger un par de billetes morados y dárselos a Iulian—… Aquí está tu parte, te la has ganado.

—Gracias.

—No te vayas todavía, necesito que hagas algo –la mujer se guardó el sobre en uno de los bolsillos de su pantalón para, a continuación, dar una palmadita en el hombro a su empleado—. Quiero que visites a una persona que me debe una buena cantidad.

—¿Ahora?

—Ahora. A los demás les he dado la noche libre. Es Navidad, ¿no? Me siento generosa, quiero que estén con sus familias. Tú, bueno, prácticamente la única cosa parecida a una familia que tienes soy yo, así que…

—¿Quién es?

—Un tal Nándor, ahora te envío la dirección. Derriba su puerta si duerme tan profundo como para no abrirte. Destroza un par de cosas de su pijo chalet, zúrrale un poco, no demasiado. Si no paga dile que tiene dos días.

—Dos días.

—Ni un rayo de sol más.

El reloj marcaba la una y media de la madrugada, un grado caía del cero mientras una fina capa de nubes teñía momentáneamente de rojo la luna menguante. El BMW  de Iulian fue a parar a una cuasi desértica Rákoczi ut, la arteria más importante de Budapest. Dicen de ella que es como la vida ya que comienza con un hospital, prosigue con un teatro y acaba con un cementerio.

Nándor vivía en un bonito adosado en la parte de Buda, en una de las colinas antaño malditas por las brujas. Ahora se había convertido en una zona residencial con unas preciosas vistas al Danubio y la zona de Pest, con el imponente Parlamento secundado de un ejército de techos naranjas. El silencio cobraba una nueva dimensión en esas calles oscuras y húmedas, en la soledad de la madrugada imperturbable.

La puerta del adosado se abrió unos segundos después de que Iulian accionara el timbre. Nándor no tuvo tiempo para reaccionar, el visitante empujó la puerta con brío, haciendo trastabillar a su inquilino, cuyos huesos fueron a parar al suelo. Iulian dio un par de pasos, los justos para atravesar el umbral y propinar una buena patada en el costado derecho de Nándor, el cual se retorcía mientras mostraba sus manos en un vano son de paz. Se llevó un par de patadas más, la última en la boca, antes de recibir la advertencia de las cuarenta y ocho horas.

La sangre había salpicado su bota derecha. Ya en la calle, Iulian se tomó un momento para pasar un clínex por la puntera ensangrentada y meterse en la boca un par de chicles de menta más. Aquello era lo que más odiaba de su trabajo.

Antes, al terminar un encargo de ese tipo, encadenaba un par de cigarrillos antes de volver al coche. Ahora que vivía sin humos, notaba que echaba en falta el sosiego que le transmitía, como si fuera la última parte de un ritual que necesitaba.

Entonces apareció el cuervo, o acaso llevaba allí parado todo el rato, en lo alto de aquella farola. Iulian se le quedó mirando como hipnotizado, convencido de que esos dos ojos le miraban fijamente. Ni cuervo ni hombre se movieron durante unos segundos, como si entre ambos seres se hubiese establecido algún tipo de conexión, una suerte de mágico entendimiento. Todo húngaro conoce la historia del rey Matías y el cuervo que le condujo a recuperar su anillo real perdido en una cacería. Iulian no podía evitar sentirse condicionado por esa vieja historia, tanto que, al ponerse de pie y ver al cuervo emprender el vuelo sintió la imperante necesidad de seguirlo.

Echó un vistazo al coche, el cual iba cubriéndose con una fina patina de escarcha, al smartwatch que marcaba dos grados bajo cero en su muñeca. Contradiciendo toda lógica, movido por una fuerza extraña pero sumamente poderosa, Iulian prosiguió con determinación la estela del cuervo. El ave se iba parando cada poco sobre tejas, canalones y farolas, un desvencijado buzón de correos, las barandillas de unas escaleras que llevaban a la rivera del río.

Iulian anduvo a paso ligero durante un buen rato, con el intenso frío marcando sus huesos, envuelto en nubes de vaho. Las llamativas luces de los monumentos y los famosos puentes de la ciudad iban quedando atrás, encontrándose con una profunda oscuridad tan solo rota por el par de faros de una furgoneta, una Mercedes Vito gris que conocía muy bien.

El cuervo acabó posado sobre la cabina de proa de una pequeña embarcación cutremente decorada con una ristra de lucecitas verdes y rojas en la que, a pesar de las altas horas y la gélida temperatura reinante, se advertía movimiento. Iulian se camufló en las sombras, observando parapetado tras un contenedor la sobrecogedora escena que tendría lugar a continuación.

Cuatro niñas y un niño, la que más tendría catorce años, salieron del barco mal abrigados y con las manos unidas por delante con bridas. Sus rostros pintados como puertas, los ojos pegados al suelo, acaso para no ver a dónde se dirigían, con quién proseguiría su pesadilla. Caminaron despacio el exiguo trecho que les llevó del barco a la furgoneta, vehículo del que salió Neci por la puerta del conductor.

Las alas del cuervo batieron para trasladarse de forma grácil al techo de la furgoneta. Neci echó una mirada al frío horizonte y fue al encuentro de un tipo envuelto con voluminosa ropa de abrigo. Cruzaron dos palabras y estrecharon sus manos antes de que el tipo subiera de un salto a su barco y comenzara a alejarse río arriba.

El cuervo graznó, y ese sonido, amplificado por el eco a lo largo y ancho de la cuenca fluvial, supuso para Iulian su definitivo punto de inflexión.

—Déjelos ir.

Neci se detuvo en seco para escrutar la oscuridad, la forma familiar que tenía a apenas dos metros.

—¿Qué coño…? ¿Eres tú, Iulian? ¿Se puede saber qué haces aquí?

—No puedo dejar que haga esto.

—¿Esto? –Neci dio un paso hacia su empleado—. Dime, chaval, ¿qué es lo que crees que estoy haciendo?

—Este no es nuestro negocio. Nos va muy bien, ¿qué necesidad hay…?

—¿Nuestro negocio? –Neci se echó a reír, pero no era una risa genuina, era una risa nerviosa—. No sabes absolutamente nada, solo lo que te dejo ver.

—Está mal –las palabras de Iulian parecían destinadas al cuervo—… Demasiado mal.

—Vaya, no te tenía por un moralista —sus ojos se estrecharon—. Tampoco por un necio.

—Eso da igual, déjelos ir…

—¿O qué?

Neci dio un nuevo paso hacia Iulian, apenas dos palmos separaban sus cuerpos. El tipo elevó la mirada para ver una última vez los ojos del cuervo, esos ojos imperturbables y despiadados, proveedores del hechizo, demandantes de una acción para la que ya no había vuelta atrás.

—O no volverá a ver un rayo de sol.

La mujer anduvo rápida para alojar una navaja bajo las costillas de Iulian y desgarrar varios tejidos y órganos mediante un hábil y eléctrico movimiento. El hombre reaccionó agarrando a Neci y utilizando su propio peso para hacerlos caer al suelo. A continuación, puso sus enormes manos sobre el cuello de ella y apretó. La sangre empapaba su camiseta interior y la cintura de los pantalones.

La muerte se apoderaba de su cuerpo, el frío se hacía insoportable, pero seguía apretando, cobrándose la vida de la persona que se lo había dado y quitado todo. Los ojos vacios de Neci se hundían en la oscuridad mientras el cuervo emprendía el vuelo hacia un punto perdido del estrellado cielo de Budapest.

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