Viviana Vázquez
Fe líquida
AUTORA:
Viviana Vázquez
FECHA
9 febrero 2026
CONTACTO
vazquezviviana38@gmail.com
La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.
Hebreos 11:1
Gregorio había perdido la fe. Y nadie en su sano juicio podría culparlo. La fe es una virtud que se tiene o no, aunque a veces se puede desarrollar o perder, como la mayoría de las virtudes. Lo cierto es que si no se tiene o no se adquiere, la vida se vuelve amarga, las cosas nos llevan al hastío, la muerte nos sigue los pasos muy de cerca sin que sepamos muy bien a dónde nos llevará cuando nos alcance.
La falta de fe desordena, sobre todo porque nos hace ver que la vida no tiene sentido. El pesimismo al que nos lleva la falta de fe es peligroso, ya que puede atentar contra nuestra vida. El dolor, que es inevitable, crece con el pesimismo y se transforma en sufrimiento. Cuando somos secuestrados por pensamientos negativos, la vida se vuelve ajena. Y eso le había pasado a Gregorio.
Una mañana, un domingo, después de una noche de insomnio, esperó a que se hicieran las 10.00 de la mañana para llamar a Susy. Susy era una ex-novia argentina con la que Gregorio mantenía una relación de sexo ocasional. Susy había llegado a Madrid para hacer una maestría en psicología. Era hippie-chic. La reina del flow. Super cool. Ese domingo, Gregorio se sentía tan mal que pensó que hablar con una terapeuta le podía ayudar.
– ¿Hola? – dijo Susy
– Hola, Susy. Soy Gregorio.
– Sí, ya sé que sos Gregorio. Me aparece en la pantalla.
– Ah, sí. Bueno, te llamo porque no he dormido nada en toda la noche. Me encuentro muy angustiado. Siento que nada de lo que hago tiene sentido.
– Ay, Gregorio, vos sabés bien que yo no te puedo tratar como paciente porque vos y yo tenemos una relación, ocasional sí, pero no deja de ser una relación.
– Ok, Susy. Lo entiendo pero no sé ya a quién recurrir para hablar de lo que siento.
– Mirá, Gregorio, te voy a dar el teléfono de una doctora que conozco, también argentina. Ella es psiquiatra y psicoterapeuta, es lo que vos necesitás. Yo creo, Gregorio, que vos tenés que tomar medicación. Llevás con este tema muchos meses. Te paso el contacto de la doctora por WhatsApp. Se llama Mariana Arenjo. Decíle que venís de parte mía.
– Genial, Susy. Muchas gracias.
– Después decime cómo te fue.
-Sí, claro. Adiós.
– Bye
La profesión que Gregorio había elegido, tal vez, lo había impulsado hacia ese nihilismo de no creer en nada que no pudiera ver o comprobar. Era científico, pero no de aquellos que saben que hay un punto en el que la ciencia, la religión y la filosofía convergen. El sabernos marginales en un planeta cualquiera del universo es tema de la filosofía. La inmensidad de la materia oscura es tema de ciencia y si Dios existe es tema para los creacionistas. Las tres disciplinas deben trabajar juntas a la hora de intentar descifrar nuestro lugar en el mundo y hacia donde vamos.
Para Gregorio, sólo existía la naturaleza en estado puro y nosotros éramos simples animales con alguna que otra emoción que funcionaba como una descarga eléctrica y nos impulsaba hacia delante.
Pero no había sido siempre así. Había tenido la virtud de la fe de joven. Pero todo cambió cuando empezó a envejecer. De joven tenía dentro suyo una luz que brillaba y lo llenaba de energía, pasión por las cosas que amaba, con sueños y anhelos. Sin embargo, todo aquello se fue disolviendo y en su lugar, aparecieron la desconfianza, el malhumor y la amargura.
Pero ¿Cómo le sucedió esto a Gregorio? ¿Cómo pasó de ser un ser alegre, sociable, optimista a ser lo opuesto? No había una respuesta para estas preguntas. Simplemente pasó. Los amigos se perdieron, comenzó a desinteresarse por sus hobbies, los sueños se esfumaron y se encontró solo y su alegría casi infantil fue reemplazada por una sensación de abandono y vacío. Pero a su vez, quería mejorar y por eso siguió el consejo de Susy.
Era lunes y se había pedido el día en el trabajo. Entonces, aprovechó que estaba en su casa para llamar a la doctora Arenjo.
– Consulta de la doctora Arenjo. ¿En qué le puedo ayudar?
– Hola. Me llamo Gregorio Benítez. Su teléfono me lo dio Susana Caballero.
– ¡Ah! Sos amigo de Susy. La quiero como a una hija. ¿Qué te anda pasando?
– Vea, doctora. Nada de lo que hago me parece que tiene sentido. Estoy desganado, sin energías.
– Hagamos una cosa, Gregorio. Pasáte por mi consultorio esta misma tarde. A las 18.00h Y lo hablamos. Te paso la dirección por mensaje.
– Muchas gracias, doctora. Nos vemos esta tarde. Adiós.
– Hasta luego
En la mente de Gregorio, existía un yo, es decir él mismo y el problema de los otros, que pueden ser un infierno. Fue resbalando, casi sin darse cuenta, con cada desengaño, cada vez más hondo. Oscilaba entre el miedo y la apatía. Se podría decir que su fe cambió de estado: pasó de ser sólida, fuerte, permanente a ser líquida, escurridiza, cambiante.
Luego estaban sus creencias religiosas. Había asistido a un colegio católico y nunca había visto tanta hipocresía y egoísmo. Se dio cuenta de que en ese ambiente recalcitrante la Verdad era sólo verdad los domingos en misa. Pobre Gregorio. En su camino no se había encontrado con la verdadera religiosidad, que era un concepto mucho más amplio, pero a la vez humilde, despojado de todo egocentrismo. Gregorio no conocía ese sentimiento de pertenencia a un orden superior, a esa realidad divina que nos trasciende, que nos mejora, que nos ilumina. A veces, parecía como si Gregorio hubiera estado en la guerra porque estaba muerto por dentro, y eso es precisamente la guerra: o mueres literalmente o quedas quebrado por dentro para siempre.
Esa misma tarde, Gregorio llegó a la consulta de la doctora Arenjo puntualmente. Le abrió la puerta una señora alta, extremadamente delgada, vestida muy elegantemente, con ropa que se veía carísima, el pelo rubio teñido y perfectamente planchado. Cuando Gregorio le dio la mano, pudo notar que llevaba las uñas de cinco centímetros, con dibujitos de florecillas. Gregorio había observado esta moda de esculpirse las uñas. Las tiendas de uñas crecían como setas y siempre estaban llenas. Gregorio había contado cuatro de estas tiendas en dos manzanas. Lo que se preguntaba de esta moda absurda era lo difícil que sería hacer las cosas cotidianas como fregar platos, lavarse el pelo o cambiar de canal con el mando. Se podría decir que la doctora no causó una buena primera impresión.
– Buenas tardes. Pasá, pasá, Gregorio.
– Hola, buenas tardes, doctora.
– Llamáme Mariana, por favor. Y me podés tutear. Que no soy tan vieja, che. JaJaJa
– Je- rio Gregorio sin ganas y ya se estaba arrepintiendo de haberle hecho caso a Susy.
– Yo veo, Gregorio, que vos tenés muchas ganas de llorar.
– No, doctora, eh Mariana, no tengo ganas de llorar.
– Sí, sí que tenés ganas pero no te animás. Contáme de tu infancia.
– Mi infancia fue como la de cualquier otro niño. Fui feliz.
– No, no. ¿Ves, Gregorio? Tenés conflictos que no querés enfrentar. ¿Cómo es la relación con tus padres?
– Ya están muertos pero nos llevábamos bien.
– Lo hicíste otra vez Gregorio. Estás escapando.
– Pero, …yo…me siento triste ahora…estoy deprimido…no disfruto de las cosas…
– Entonces te voy a recetar estas pastillas. Tomáte dos antes de irte a dormir.
– Pero…yo…quisiera hablar de cómo me siento…
– Ya se nos acabó el tiempo, Gregorio. Son 150 euros. Y nos vemos el lunes que viene a la misma hora.
Totalmente decepcionado, Gregorio pagó la visita y se retiró de la consulta sintiéndose peor de lo que estaba al llegar. Nunca se tomó aquellas pastillas ni volvió a ver a la doctora Mariana Arenjo y lo de Susy, creía que también era hora de ponerle fin. Así Gregorio intentó seguir su camino y encontrar una solución para lo que le estaba pasando.
Entonces, reflexionando, se dio cuenta de que lo peor de todo, era que había perdido la fe en sí mismo. Y eso es una cosa horrible. ¿Cómo despertamos cada mañana sin esta fe? ¿Cómo intentamos hacer proyectos, que pueden fracasar o no, pero son parte constitutiva de nuestro ser? ¿Cómo seguimos por el difícil y peligroso camino de la individuación? ¿Cómo nos rebelamos ante una sociedad que condiciona cada vez más?
Mientras pensaba en esto, caminaba por las calles de Madrid y decidió entrar a un bar y tomarse una cerveza helada. El calor de Madrid en verano es sofocante. Entró en el primero que vio y se sentó en la barra, al lado de un hombre que leía un libro.
– Una Voll Damm, por favor – dijo Gregorio al camarero
– En seguida – fue la respuesta.
Pasados unos minutos, mientras se bebía la cerveza, el hombre a su lado levantó la vista del libro y dirigió la mirada hacia Gregorio.
– Tu cara me es familiar – dijo el hombre
– ¿Sí? ¿Nos conocemos? – contestó Gregorio
– Sí, claro…ahora lo recuerdo. Fuimos juntos al San Fernando, hicimos la secundaria juntos. Soy Carlos Ballesteros y tú eres Gregorio Benítez. Tu cara no ha cambiado mucho.
– ¡Sí! – exclamó Gregorio – Me acuerdo mucho de tí. Querías estudiar medicina. ¿Lo has logrado?
– Pues, no. Fue un fracaso académico rotundo. Ahora soy agente inmobiliario. ¿Y tú? ¿Qué has hecho de tu vida?
– Soy científico. Trabajo en la cura de enfermedades raras.
– ¡Qué bien! – dijo Carlos – Y ¿el resto de tu vida? ¿Estás casado? ¿Tienes hijos?
– No, fue un fracaso vital rotundo – contestó Gregorio – No estoy, ahora, en un buen momento. Me encuentro deprimido.
– Y sí. La vida con el paso de los años se hace difícil. Me acuerdo cuando eramos adolescentes. Toda la vida por delante. El tiempo no pesaba, los recuerdos tampoco. Todo estaba a estrenar.
– Así es – dijo Gregorio, y comenzó a sentrise mejor de poder hablar acerca de lo que sentía con alguien que, a pesar de no haber visto durante años, no era un perfecto desconocido.
– Y no son sólo nuestras vidas. Es también lo que vemos a nuestro alrededor.
– Claro – asintió Gregorio – Lo veo a veces en la moda, por ejemplo – Tener que comprar algo nuevo antes de que lo viejo se acabe de gastar. Por suerte, como científico, sólo llevo una bata blanca y debajo puedo tener ropa vieja o de segunda mano.
– A mi tampoco me interesa seguir los condicionamientos de la sociedad. Me gusta ser yo mismo. Me pasa con el dinero. Un trozo de papel que tiene tanto valor, incluso más que una vida.
– Pero, lamentablemente, es imposible escapar de la tiranía del dinero para poder sobrevivir. A veces, todo es tan difícil que perdemos la fe.
– Sí, y además la sociedad no es lo que debería ser: no es un conjunto de acciones humanas que nos protege a todos sus integrantes, con los que tener un proyecto en común. El tejido social está fracturado y no hay ni un atisbo de que eso se resuelva – dijo Carlos
Y esta charla, que duró cinco cervezas, tuvo un efecto balsámico en Gregorio, quién se sintió con ganas de pensar aún más en cómo se sentía, en su falta de fe.
¡Oh, la fe! Eso que nos hace creer en lo invisible, que nos da fuerza de ánimo. Que nos hace saber que vamos a poder. Que no importa lo mal que estemos o nos sintamos, las cosas van a cambiar. Dejar de lado la adoración a idolos de cera para conectar con nuestro interior, ya que es ahí donde recide la verdadera iluminación. Y no en una «salvación externa» en términos de dinero o ascenso social.
Gregorio había perdido el hilo. Algo que no debe suceder. Si nos perdemos por completo en la falta de fe, es imposible continuar en este camino que es la vida, a la que fuimos arrojados sin pedirlo pero ahora ya estamos aquí. Nuestro nacimiento no es nuestra culpa pero sí es nuestro problema.
Greogorio había leído por allí que lo mejor sería no haber nacido y lo segundo mejor era morir pronto. Tal era la falta de fe de Gregorio. Pero esa conversación con su compañero de colegio lo había animado porque ya no se sentía sólo en la tristeza que experimentaba.
Gregorio tenía motivos para sentirse triste y agobiado, pero supo que no se puede dejar de perseguir. La falta de fe en la providencia, pero no la Divina, es decir que hay un Dios que influye en el universo para el socorro de la humanidad. Somos libres de creer en ella, pero a Gregorio se le escapó que la providencia también puede ser humana. Que sí existen personas que pueden ayudarnos a sanar, que nos devuelven la fe.
Así, Gregorio comenzó a sentirse más aliviado y se dio cuenta de que la fe actúa como un poder casi mágico. No es ver para creer si no creer para ver.
