Viviana Vázquez
El revés de la lengua
AUTORA:
Viviana Vázquez
FECHA
31 enero 2026
CONTACTO
vazquezviviana38@gmail.com
Polonio: ¿Qué lee, mi señor?
Hamlet: Palabras, palabras, palabras.
Shakespeare
Ayer murió mi padre. Antes de ayer estaba vivo. Hablé con él por teléfono. Me dijo que pronto nos veríamos, que hacía mucho que no teníamos una charla, como solíamos hacerlo antes de que yo estuviera en pareja. Mi madre ya había muerto hacía diez años. Pero ya no la echaba de menos y a mi padre era muy pronto para echarlo de menos, aún lo siento vivo. La muerte, que fenómeno extraño. No la comprendo. Sucede tan rápidamente que a veces no nos damos cuenta de que morimos. La muerte de mi padre no la había imaginado, murió de un infarto. Una sorpresa para toda la familia. Pero la sorpresa mayor es que murió en la habitación de un hotel para parejas junto a una prostituta. Ella también estaba muerta, pero no de un infarto. De dos puñaladas ¿Estaría muerto el culpable? ¿O sería otro? Un tercero en un lugar diseñado para dos, al menos los más tradicionales.
Esta mañana llegué a la escena del crimen. Ambos cadáveres yacían en la cama. Mi padre con rostro tranquilo, no tenía la apariencia de haber matado a alguien unas horas antes. La mujer, en cambio, tenía una expresión de dolor y sorpresa, parecía viva. No había rastros de semen ni preservativos en la habitación, es decir, mi padre no tuvo sexo con esta prostituta, tal vez con otras sí, pero con ésta no.Y era curioso porque mi padre tenía una pareja estable hacía varios años. Ella también había sido citada y no hacía más que insultar a mi padre. Palabrotas irreproducibles. Como si el supuesto engaño fuera más importante que la fáctica muerte. Su imagen importaba más que el hecho de no ver más a mi padre con vida.
El detective comenzó con sus preguntas de rigor. Yo contesté sin vacilar. No podía ser yo el asesino. Pero ¿quién habría muerto primero? Tal vez mi padre y por eso no fue necesario matarlo. Un trabajo menos. ¿Qué enemigos podría tener mi padre? Me preguntaron. Que yo sepa ninguno, respondí. No entendí la pregunta porque en tal caso los enemigos los tenía la prostituta. A ella habían matado y no a mi padre. Me retiré del hotel cuando el oficial me lo permitió y volví a casa. Me había pedido el día en el trabajo, es decir, me correspondía: fallecimiento de un familiar. ¿Quién habrá dispuesto la cantidad de días que deben ser asignados cuando muere un miembro de la familia? No todos tienen la misma importancia, algunos ninguna. Me comunicaron luego que no había huellas de mi padre en el arma utilizada. Era un gran misterio. Pero el dueño del hotel ya se estaba poniendo nervioso porque estaba perdiendo clientes, a nadie le gusta ver mucha policía junta. Mala señal. En otras épocas se veía mucho eso, y no precisamente para resolver misterios.
Estaba en casa, recostado en la cama, mirando el techo, recordando a mi padre. Pensaba en que él, que había tenido una presencia tan determinante en mi vida, pronto sería un recuerdo. Con el tiempo, los rasgos de su cara, que ahora me parecían tan nítidos, se irían diluyendo. Quedarían las fotos pero eran poco confiables porque se deterioraban también y podían sufrir accidentes. Todo tiende a desaparecer. Como la vida de mi padre, y la de mi madre hace ya diez años. Y lo que uno creyó importante, incluso espectacular, pierde peso; y aquello a lo que dimos poca o ninguna importancia quisíeramos que se repitiera para vivirlo de nuevo, intensamente, dándonos cuenta de que nos está pasando.
Y mientras pensaba esto, sonó el teléfono. Era el detective. Me quería interrogar nuevamente. La prostituta no era tal sino una especialista en crítica literaria. Qué confusión, pensé. Es verdad que los críticos a veces se prostituyen pero todas las mujeres que se dedican a esta disciplina tienen estilo, son carismáticas y visten elegantemente. Recuerdo que en la facultad me había enamorado de una de ellas. Tal vez el asesino fue un escritor frustrado y furioso por no haber conseguido buenas críticas. Accedí al pedido y confirmé que al otro día estaría en las oficinas de D para responder todo lo que fuera necesario.
Llamé al trabajo para avisar que necesitaría un par de días más. Yo, a pesar de ser Licenciado en Letras, trabajaba en una biblioteca. No me daba el vocabulario. Y nunca me destaqué ni en Griego ni en Latín. Un nivel no fue suficiente. Las Literaturas las fui aprobando leyendo apuntes de clases teóricas, nunca leí ninguna obra entera. A veces hacía algunas correcciones para una editorial, porque en Gramática y Corrección de Estilo sí que me había ido bien.
Al rato volvió a sonar el teléfono. Era C, la pareja de mi padre. Puro sollozo. Asustada y con dificultad me decía que la habían vuelto a citar, que ella no quería saber nada con mi padre, dijo mi padre y no la muerte de mi padre. Para ella también era pronto. Intenté tranquilizarla. Le dije que iríamos juntos a la oficina de D. La pasaría a buscar por su piso. Yo conocía bien ese piso. Era de mi padre y él se lo había regalado. En una época lo había utilizado yo como piso de soltero. Llevaba a mis novias allí. Mi padre nunca me impidió eso. C era azafata y justamente se habían conocido con mi padre en un vuelo. Mi padre era diplomático y siempre viajaba mucho. Cuando yo era pequeño viajábamos todos. Ahora sólo él, es decir este último tiempo. Lo que nunca supe es si se conocieron antes de la muerte de mi madre. Porque si fuera así, tal vez C o mi padre, por qué no, habrían imaginado la desaparición de mi madre, anticipándose. Seguramente, C tendría que responder esto en el interrogatorio. A mí no me preguntarían cómo conocí a mi padre, aunque no estaría mal, tantos hijos no conocen a sus padres, y al revés también sucede.
Llegamos a las oficinas de D puntualmente. Nos aguardaba sentado frente a su escritorio. La oficina era austera. Una biblioteca y algunos cuadros llenaban la habitación. Lo que más llamaba la atención era un ventanal justo detrás de D. A través del vidrio, podía verse la avenida, abarrotada de anuncios de pizzerías y cervecerías junto con publicidad de obras de teatro y algunas películas. Los ruidos de los coches llegaban amortiguados, estábamos en la planta quince.
– H, C, adelante, por favor, tomen asiento – nos invitó.
Explicó que hoy sería un encuentro algo informal y luego nos volvería a citar, esta vez por separado. Esto incomodó a C. Tosí como para hacerle notar que tratara de disimular su ansiedad. Entonces pensé en por qué D quería entrevistarnos a solas. Las palabras. Las palabras pueden influenciar al otro. Seguramente, el detective quería evitar que las palabras de uno llegaran a oídos del otro. Porque escuchar no siempre es bueno. Y tal vez yo tenía cosas para decir de las que C no quería o no debía enterarse. Aunque la vida se trate precisamente de eso, de escuchar incesantemente, lo que se quiere y lo que no y soportarlo. Pero C, sobre todo últimamente, carecía de fuerzas. Era como una niña que se tapa los oídos jugando mientras produce un zumbido porque no quiere escuchar lo que no le conviene. Y palabras era lo que iba a escuchar D. Podían ser ciertas o no. Es decir, podían coincidir con lo que había sucedido en la realidad, o más bien una de las realidades. Ese era uno de los trabajos del detective: elegir una realidad y luego ver qué palabras mejor se ajustaban a ella. Tal vez la realidad la iba eligiendo a medida que iba escuchando, un problema. Pero pensé también en que la palabra cura. Tantas historias contadas, algunas escritas, otras no. Muchas funcionaban como bálsamo, ayudaban a pasar las horas. Algunas personas quieren ser distraídas eternamente. Esperan a que pase el día rápido para dormir y distraerse en sueños, que también son historias.
Luego de la charla con D nos retiramos y fuimos con C a tomar un café. Le marqué que la veía nerviosa, que por qué no se tanquilizaba si ella no era responsable de la muerte de mi padre. Me confesó que era su primer encuentro con la muerte, que nunca había visto un cadáver. Estaba abrumada. El cuerpo de mi padre, que hasta hacía tan poco había tenido una temperatura agradable y una blandura vital, en pocas horas se había transformado en algo frío y rígido.
Y así, las entrevistas pasaron. La de C y la mía. Y D me sorprendió porque quería saber la verdad. La verdad. Hasta se ponía nervioso cuando nos contradecíamos. Cuando D ya había analizado todas las pruebas, entrevistado a todos los sospechosos sin tener nada concluyente, cuando se había fumado decenas de cigarrillos y se llevaba las manos a la cabeza mientras repetía «No puede ser, no puede ser» Yo le decía: «Así es, si así quieres que sea»
