El último invierno en Nebraska

Víctor Mirete

El último invierno en Nebraska

RANCHO de Reed Button, a las afueras de HAY SPRINGS. NEBRASKA.

Febrero de 1865. Tras el fin de la Guerra de Secesión.

“La guerra nos iba a cambiar a todos, incluido a mi. Hicimos barbaridades de las que ya no merecía la pena ni arrepentirse. Íbamos a ir igualmente al rincón más mugriento del infierno y a descender tan rápido al inframundo, que no existía posibilidad alguna de que mis seres más amados me pudiesen conceder el perdón. Ni mucho menos Beth”.

Los últimos doscientos metros antes de llegar al rancho, donde mis esperanzas aún seguían albergando la idea de volver a ver a Beth y a mis tres hijos, se hicieron eternos. Al viejo caballo color ceniza que me habían vendido los hermanos Playton quince días antes en el condado de Dawson, cada vez le flaqueaban más sus rodillas.

Su muerte se acercaba con cada pezuña que clavaba en la espesa nieve que cubría la llanura. Habíamos rebasado dos horas atrás las colinas de Hay Springs. Quedaban escasos kilómetros para volver a casa, pero su jadeo se había vuelto demasiado continuo como para no advertir que aquel eterno viaje que emprendimos desde la frontera de Kansas iba a costarle la vida al vetusto y malogrado equino. El bosque que habíamos rebasado tras descender las colinas sajó sus extremidades, anestesiadas por el frío. Tras nuestra sombra, la sangre de sus heridas pintaba una sutil estela en el níveo suelo, como si quisiese recordarle la trayectoria de su dolor, como si estuviese escribiendo su testamento. Era su camino hacia la redención. Al fin y al cabo los caballos están hechos para eso. En su subconsciente nacen con la predisposición y enmienda de dejar su vida en el camino. Tan honorable como injusto.

Entre el afilado hueco que ofrecían las vestiduras y el grasiento sombrero que resguardaban mi cabeza y rostro del fuerte temporal, pude observar varias veces como la cabeza del caballo se azoraba y languidecía. Pude ver incluso errantes miradas pidiéndome súplica. Pero el camino debía continuar. La nieve debía seguir enfriando sus heridas hasta llegar al rancho que abandoné a principios de 1862. Aquel animal no era el primer caballo que moría bajo mis piernas, pero sí sería el último en hacerlo.

Después de varios días de largo y angustioso viaje cruzamos el bosque que daba paso a la estepa donde estaba nuestro rancho. Los maderos del cerco donde debía estar el venado apenas sobresalían por encima de la blanca estepa. La niebla y la arremolinada ventisca difuminaban la visión de la casa. Tampoco veía las pértigas de madera con las puntas pintadas en rojo que Beth solía clavar en la linde del rancho, en el pozo, en la letrina, en el aserradero o en las cuadras cuando tenían lugar las intensas nevadas.

Avancé hasta rebasar el cobertizo. Una vez allí, me bajé del caballo, dejando que este cayese exhausto sobre la nieve, inflando y desinflando agónicamente su tripa con cada respiración. Su muerte había comenzado a arrebatarle los últimos suspiros de vida. Desaté las alforjas y saqué el rifle de la funda que tenía colgada en su lomo. Me quedé unos segundos junto a él, mirándole con más agradecimiento que compasión, antes de dejarle allí tirado. Yo también hubiese deseado estar tumbado sobre esa nieve, pero tenía saber qué pasó con mi familia.

 

Diciembre de 1861.

A finales de 1861, con la guerra en plena ebullición, Godfrey ‘Dos Dedos’ me vino a buscar al rancho. No fue una visita esperada. Llevaba toda la mañana adecentando el pajar del granero y reparando maderos rotos antes de que el temporal tirase abajo todo el edificio, hasta que escuché el tintineo de sus espuelas golpeando los estribos de su silla de montar.

Desde el altillo del granero le vi acercarse a lomos de un joven y fornido caballo, con pelaje caoba y poderosa crin encrespada. La imagen de su amo, desmerecía notablemente la belleza de aquel corcel. Un tipo mayor, desarrapado, mugriento, de frondosa barba y bigote puntiagudo. Bajo el sombrero de ala ancha que tapaba su cabellera castaña y blanca se podían apreciar unos oscuros ojos que dibujaban una mirada psicótica en su rostro. Su piel estaba profundamente arrugada y desgastada, y aún así la exhibía airosa pese al fuerte viento y frío que acuciaba la llanura de Nebraska.

Cabalgaba sujetando el correaje con la mano derecha. El brazo izquierdo lo tenía metido bajo su raído, enmohecido y grasiento abrigo de piel de oso negro. Se acercó a la puerta de la casa, amarró las riendas del caballo al palenque y puso sus botas llenas de barro en el suelo del porche de mi casa.

Beth y los niños aún no habían vuelto de la ciudad. Me aseguré de ello al ver que el carro y los caballos no estaban en el perímetro de mi vista. Tampoco se apreciaban marcas recientes de las ruedas en el terreno, de modo que, esperé a ver qué hacía aquel forastero antes de actuar.

—¿Hay alguien? —voceó aquel impúdico forastero después de escupir con desprecio en el porche—. ¡He dicho si hay alguien!

Recorrió toda la tarima del soportal, tratando de asomarse por las ventanas. Previendo el temporal, Beth había trancado todas las contraventanas interiores. Estaban bien cerradas con el pasador cruzado por dentro, con lo que el inesperado visitante no pudo ver nada ni abrirlas. No así la puerta, que podría abrirla sin esfuerzo. No solíamos cerrarla con llave nunca mientras alguno de nosotros estuviese en el rancho.

Volvió hacia ella y miró atrás, escudriñando todo el páramo a su alrededor. Sin sacar el brazo izquierdo del interior del abrigo, colocó su mano derecha sobre el pomo de la puerta. Empujó hacia dentro y la esta cedió. La tranquila mañana de diciembre se había levantado con unos pequeños nubarrones sobre nuestras seseras, e incluso el susurro de una tormenta se dejaba escuchar desde las colinas, pero el celaje más negro se había metido en casa justo en ese preciso momento. Junto a la oscura sombra de Goodfrey.

Avancé a paso lento pero incesante por la parte trasera del granero, flanqueé la valla  donde estaban los establos y di mis últimos pasos hacia la casa, caminando entre los árboles de la parte de atrás del rancho, donde mis hijos tenían su columpio y sus trastos. Coloqué la mano derecha sobre la empuñadura del revólver y lo extraje tres dedos, hasta poder insertar el dedo en el gatillo. Cuando estuve lo bastante cerca de la fachada de la vivienda pude escuchar el ruido de las espuelas de sus botas dentro de casa, paseando de un lado a otro, como si estuviese registrándola. Aquel tipo, por mugriento y desarrapado que fuese, no tenía pinta de vulgar ladrón. Su caminar y su gesto insinuaban algo más. Si hay algo que te enseña la salvaje América es a reconocer el rostro de un asesino con solo mirarlo unos segundos o con solo escuchar el sonido de sus botas.

Aquella iba a ser la primera ocasión en la que hice uso de la puerta interior de la despensa fría para algo más que no fuese coger víveres. Un par de inviernos atrás instalamos una pequeña puerta dentro de la despensa para poder acceder a ella directamente desde la vivienda durante los fuertes temporales, sin necesidad de salir a la calle. Aproveché esa opción y entré a la fresquera por fuera de la casa, abrí ligeramente la puerta del interior hasta que tuve medio cuerpo dentro de la casa. Aquel tipo estaba de espaldas a mí, apoyado en la barra de la cocinilla, sirviéndose un vaso de mi botella de whisky irlandés. Introduje de nuevo el dedo índice en el hueco del gatillo y salí por completo de la despensa, caminando con sigilo hacia él. Cuando lo tuve a cinco pasos de distancia extraje el revólver de la funda y le apunté con el cañón, sin alzar el hombro, tan solo doblando el codo a la altura de la cintura.

No tuve que decir nada para advertirle de mi presencia, el simple ruido al cargar el martillo del revólver fue suficiente para mostrarle mis intenciones.

—¿Es esta la manera que tienen en Nebraska de recibir a sus invitados en plena Navidad? —pronunció con voz gruesa, sin girarse, mientras se rellenaba de nuevo el vaso. No le respondí. Simplemente di otros dos pasos hacia él, con el revólver en mano, sin flojear en la amenaza de disparo. No parecía inmutarse, ni tampoco cambiaba el rictus cínico y provocador de su cuerpo—. ¿Sabe? Hacía tiempo que no tomaba un whisky de esta calidad. Los irlandeses sabéis como beber, y veo que no andan mal de dinero por aquí. ¿Quiere un trago? ¡Acompáñeme, vamos, no me gusta beber solo un zumo tan rico! —exclamó, con el característico sarcasmo altivo de quien no ha fallado jamás un disparo.

Entonces, se giró, ofreciéndome con socarronería un vaso. Levanté un grado más el ángulo del revólver y aproveché para tantear su mano oculta. Por el bulto, no parecía portar ningún arma dentro. Se había quitado el abrigo, dejando ver una chaqueta bastante más limpia y nueva en su atuendo. Mi gesto seguía fruncido y tenso, y mi dedo segundo tras segundo apretaba más el gatillo del arma.

—¿Quién eres? —dije, lacónico.

—Un viejo amigo de la familia, un viejo amigo…

—Yo no tengo familia —respondí, adoptando en mis palabras una cruda tosquedad.

—Tranquilícese amigo. Si hubiese querido matarle ya lo habría hecho desde que vigilaba mi llegada por el ventanuco redondo del granero —dijo, perfilando la sonrisa más pícara que pudo—. Haremos una cosa. Voy a dejar este vaso de whisky aquí mismo por si le apetece tomar un trago mientras esperamos a que lleguen su mujer e hijos. ¿Le parece?

Su voz sonó demasiado amenazante al nombrarles. Sin querer, el dedo que tenía puesto en el gatillo, cedió. El miedo actúa de forma autónoma ¿Por qué se había referido así a mi mujer y mis hijos? Por su tono e insinuaciones, estaba claro que a mi familia le había ocurrido algo de lo que Godfrey había participado. Ese pensamiento denostó mi capacidad para tomar decisiones a la ligera, pero traté de mantener la compostura.

—¿Quién eres y qué quieres? —no me gusta repetir las cosas

—Haces bien, a mi tampoco me gusta hablar en vano. Disculpa, es verdad, olvidé presentarme como es debido. Soy Godfrey “Dos dedos” —su mano izquierda salió del bolsillo de su chaqueta, mostrando con ello el por qué de su apodo. La tenía mutilada y solo le quedaban dos dedos enteros, el índice y el anular—. He viajado durante días desde Carolina del Norte expresamente para contarle una historia muy curiosa y para proponerle algo muy interesante —comentaba con sarcasmo, mientras se bebía con impaciencia el whisky.

—¿Dónde están mis hijos y mi mujer?

—Vaya, veo que es usted más impaciente de lo que me habían comentado. Es hablar de la familia y la gente se pone muy tensa. Es lo malo de tener familia, nos hace vulnerables —se giró, acercándose poco a poco a mí, con los párpados entornados, señalándome con los dos dedos como si fuese el cañón de un revólver apuntándome a la cabellera—, pero, mire por donde, me alegra que me haga esa pregunta.

Volvió a bajar el dedo, y suavizó su rictus.

—Lamentablemente no puedo responderle. Al menos ahora mismo.

—¿Están vivos?

—¡Sí, por supuesto! ¿Crees que me plantaría delante de ti, desarmado, y habiendo matado a tus hijos? No me infravalore, señor Button —profirió, abriendo con intensidad sus enrojecidos ojos negros—. ¡No soy tan condescendiente, hombre!

La tormenta acababa de romper en la llanura, golpeando con rotundidad el techo y las paredes de la casa. Godfrey se sentó con pachorra en el viejo sillón que teníamos junto a la chimenea, donde solía sentarme a fumar después de comer y antes de dormir. Se encendió un puro, raspando una cerilla contra el canto de la suela de sus botas y me miró con una sonrisa mordida.

—Este temporal nos va a tener un buen rato aquí encerrados a los dos, salvo que alguno decida marcharse antes de tiempo. Creo que deberíamos ponernos cómodos. ¿Aquello que está cocinándose en la chimenea es estofado de bisonte? —espetó con chanza, haciendo un burlesco aspaviento con la mano mutilada.

En ese instante enfundé mi revólver. Estaba claro que  mientras no estuviese visible lo que había pasado con mi familia, no podía actuar con imprudencia, y el revólver no facilitaba la situación que se presentaba entre ambos. Nunca me había caracterizado por mi carácter sociable o diplomático, pero la entereza y la frialdad sí eran dos puntos fuertes en mí.

Aquel histriónico forajido se quedó un interminable laxo de tiempo retándome con la mirada, mientras dejaba consumir lentamente el puro en su boca. Sin mediar palabra se acercó al calor de la chimenea y echó un vistazo a la cazuela del estofado. Puso la palma de la mano mutilada sobre la parte superior de la llama y comenzó su exposición de los hechos.

Mi revolver seguía presente, pero el miedo y la incertidumbre lo volvieron a enfundar.

—Ahora que ya estamos en igualdad de condiciones, supongo que podemos hablar con más tranquilidad.

—Habla, ya decidiré yo cuando me quedo tranquilo —aquel tipo rió cínico ante mi comentario, como si nada de lo que yo pudiese decir perturbase su objetivo.

—Bien muchacho, bien, eres igualito que él…

—¿Quién es él?

—Hace más años de los que tenéis tú y tu revólver juntos, conocí a un hombre. Por aquel entonces yo me dedicaba a la caza de pieles de animales. El hombre del que te hablo era un tipo serio, de abolengo, de buen vivir. Uno de esos hombres bien proveídos, bien vestidos, que caminan con la cabeza alta y saludan con cortesía a todo el que pasa a su lado. Nada parecido a mí, como ves —comentaba mientras se hurgaba los dientes con la uña del dedo meñique de la única mano que tenía entera. Con la mutilada sostenía el puro—. Pues bien. Ese hombre jamás iba armado. Nunca portaba revólver, ni un solo cuchillo en sus botas. Iba de un sitio a otro del país en su diligencia privada, sin armas. Ni él, ni su gente. Precisamente porque su influencia y su capacidad para generar dinero era tal, que todo el mundo prefería rendirle respeto a retarlo en duelo. Para él, aquella deferencia a su persona era como una sensación de supremacía. Estaba por encima del bien y del mal. Soberbia

o seguridad, llámalo como quieras. La cuestión, Reed, si me permites tutearte, es que uno hombre puede ser muy odioso, o rendir respeto a otro hombre según con qué actitud creas que puedes sacar más de esa persona ¿Verdad? —Godfrey tomó dos platos y dos cucharas de madera de la alacena y las colocó en una pequeña mesita que había junto a la chimenea. Sirvió dos raciones de estofado, apagó las brasas del puro en la punta de su gastada bota marrón y lo dejó en la comisura de la mesita donde había dejado la comida que Beth había dejado cocinando desde buena mañana.

—Aún no me has respondido a nada —espeté con serenidad, tanta como mi impaciencia me dejaba.

—Poco a poco. A veces se debe hablar como se cocina, lento —rumió, dirigiendo hacia sus narices el humo del plato de comida con las manos, inhalando el aroma del estofado—. Bien, como explicaba, un día, ese hombre vino a comprar unas pieles a la ciudad de Harrisburg, en Pensilvania. El viejo Patterson regentaba allí una tienda de textiles, abrigos de piel de oso y otros animales, junto a sus dos hijas. Las hermosas Lucy y Belma. Sus abrigos son muy conocidos, seguro que has oído hablar de ellos —explicó, divagando mientras tomaba la primera cuchara de estofado, dejando derramar el caldo por su andrajosa barba bicolor—. El caso es que este hombre llegó al pueblo sin saber que una banda de forajidos de Carolina del Norte llevaban mucho tiempo detrás de él. Lo esperaron dentro de la tienda del viejo Patterson, se apostaron en todas las casas y edificios del pueblo para evitar que saliese con vida de allí, y lo asesinaron.

—¿Te refieres a la banda de los Mcalyster? —pregunté con cierta intriga.

La banda de los Mcalyster se convirtió durante la década de 1840 en la más temida de todo la costa este. Unos tipos implacables, sin escrúpulos, sin piedad y sin nada que perder. Renegados que mataban por el mero hecho de matar, que violaban por el mero hecho de ver jadear y sufrir a una hembra en sus brazos, y que robaban bancos por el mero hecho de destrozarlos y quemarlos al salir. No tenían amo, ni pretensiones económicas, y esa era la peor y más eficaz de sus armas. Nunca sabías cuándo iban a aparecer, ni por qué, ni dónde, ni cómo.

Supuse que frente a mi tenía a uno de ellos. De pronto, mi cuerpo tembló por dentro y mi respiración se volvió más angustiada, pero Godfrey seguía dispuesto a contarme algo que yo debía escuchar. Saboreaba cucharada a cucharada el estofado, con ímpetu, sin dejar de hablar ni de retarme con la mirada. Era abusivamente soez y grosero en sus actos, pero hablaba con una dicción y lenguaje inusual para la gente de su calaña. Tras varios segundos retomó su discurso.

—Exacto, esos son los Mcalyster. Pero a donde quiero ir a parar es al hecho de por qué lo esperaron para matarlo precisamente ellos ¿Por qué unos criminales sin moral ni principios planificaron la búsqueda y asesinato de ese pobre hombre? La respuesta es muy sencilla y muy compleja a la vez: Porque cuando juegas mucho tiempo con dinero, este acaba jugando contigo. No importa la cantidad de papel u oro que tengas, ni la cantidad de influencias de las que dispongas; siempre hay alguien a quien estorbas, alguien a quien no le importa perder su vida a costa de que tú pierdas la tuya. Y claro, a veces con según que favores hagas a según quién, también se puede gozar de cierta impunidad. Y esos alguien eran los Mcalyster.

—¿Dónde nos lleva toda esta historia? No le veo relación con nada que me interese saber sobre la muerte de mi padre —dije, frunciendo el ceño y dejando mi plato de estofado en el suelo en señal de impaciencia.

—Paciencia amigo. Las historias hay que degustarlas con esmero, al igual que este estofado que aún no has tocado. Al principio abrasa la lengua, pero cuando te lo has terminado quieres otro plato más —el bailoteo de su comida dentro de su boca era casi tan irritante como su altivez y fanfarronería—. Ahora bien, si comes demasiado rápido puedes atragantarte, a no ser que tengas un estómago de acero… Y ese estómago de acero, para los Mclyster, era la impunidad para cometer cualquier delito. De la noche a la mañana, el tipo que les contrató para que liquidasen al otro tipo que entró en la tienda del Viejo Patterson les había ofrecido antes eliminar sus nombres, su rastro y su culpabilidad de todos los delitos que habían cometido, siempre y cuando estuviesen operativos solo para él. Y eso es como un caramelo en la boca de un niño. Yo, por aquel entonces, también era un niño al que le gustaba jugar a ser impune ¿Comprendes?

—Habla claro ya, o se te enfriará el estofado y la historia —dije arrogante. Pero la verdad es que me roía la curiosidad—. Perteneces a esa banda de asesinos, ¿no es así?

No quise parecer brusco en la sentencia, para no exasperarlo antes de conocer su propósito, y entoné una voz pausada al hacerle la pregunta.

—Amigo Reed, no solo eso. Yo maté a ese hombre tan influyente como para cometer la torpeza de ir desarmado por la vida. Te preguntarás por qué. Y si no, no pasa nada, te lo contaré igualmente. Lo maté porque me ofreció menos dinero para matar al otro tipo, que el otro tipo para matarlo a él.

—¿Quién era el hombre que les contrató para matarlo?

—Alguien que ya está muerto. Alguien que fue mi jefe durante un tiempo, y a quien mi jefe de ahora me pagó mejor para que lo matase. Alguien que vivió contigo en esta casa. ¿Ves la ya relación ya con tu padre?

Enarqué el gesto. En ese momento empecé a entender todo. Me quedé observándole unos segundos, sin decir nada, atando cabos e intentando mantener la frialdad necesaria como para actuar o no, si la ocasión lo requería. Mi padre no fue tan diferente como aquel hombre que tenía frente a mí. Toda una vida intentado alejarme de una sombra que no me pertenece; pero la muerte y la maldad tienen una sombra demasiado alargada.

—¿Quién es tu jefe ahora?

—Si te lo dijese, tendrías que pagarme mejor de lo que él lo hace para poder seguir vivo. Pero, ¿quieres saber qué fue lo que ese hombre al que maté en la tienda del viejo Patterson me dijo antes de morir? —sugirió retóricamente con la boca llena. Se tragó la comida que masticaba y se dio un severo golpe en el pecho antes de limpiarse los labios con un trapo que llevaba en el bolsillo de su chaqueta. Luego me miró concienzudamente y prosiguió—. Ese hombre me dijo sus últimas palabras al oído, como si fuese mi padre o el tuyo; y me dijo: ‘Muchacho, una bala puede cambiar la vida de un solo hombre, pero un dólar puede cambiar la vida de muchas personas. Yo os he cambiado la vida a todos, cosa que tú nunca podrás decir’.

Godfrey se volvió a reclinar hacia atrás en el sillón, después de devorar el estofado, haciendo chirriar los muelles como si una puerta vieja acabara de cerrarse. Encendió de nuevo el puro que había reservado y aspiró profundo. Yo no había comido nada aún, e intuía que aquella velada iba a durar poco tiempo así de tranquila.

—Curioso ¿verdad? —profirió con sorna, mirando hacia la ventana, donde aún golpeaba con intensidad la fuerte nevada que estaba cayendo aquel día de invierno en Hay Springs.

—Sigo sin ver claro qué quieres de mí —reconoció mi estado de confusión, cruzó las piernas y apoyó la cabeza en el sillón, posando su mirada en el techo de la casa.

—Te lo diré, claro que te lo diré. Esa frase, Reed, me hizo pensar durante mucho tiempo. A la larga, con el peso de la edad y los asesinatos en mi espalda, he llegado a comprender qué es lo que quería decirme aquel tipo con ello. Entendí a qué se refería ese hombre del que nadie volvió a preguntar jamás. ¡Un dólar! —dijo con tono reflexivo, perfilándose el frondoso y puntiagudo bigote con los dos dedos de su mano mutilada—. ¿Te imaginas las vueltas que puede llegar a dar un dólar por todo el país en toda su vida? ¿Te imaginas cuánta gente moriría por sostener ese dólar o por no haberlo sostenido? ¿Te imaginas cuántas manos pueden tocar ese dólar, cuántas balas puede comprar ese dólar y cuántas noches con mujeres puede pagar o cuántos vasos de whisky puede llenar? Un solo dólar tiene el poder de cambiar el instante de muchas personas, pero una bala muere en el primer uso, y mata a un solo hombre. Porque lo importante en este país en el que vivimos tan dichosos no son las balas, ni las armas que las portan. Lo realmente importante es el poder. Y el poder lo da el dinero. ¡El jodido y sucio dinero! —explicó excitado, volviendo a posar su capciosa mirada en mi—. Eso es lo realmente importante, muchacho. Un hombre con dinero puede pagar por su vida, pero un hombre con balas tan solo puede rezar para ser el primero en disparar.

—Una historia muy bonita, pero lamentablemente no nos lleva a ningún sitio concreto, aún; y disculpe, pero empiezo a impacientarme.

Godfrey respiró profundo. Con una amenazante cadencia macabra comenzó a chocar repetidamente los dos dedos de la mano mutilada sobre la madera del reposabrazos del sillón. Parecía un aviso, una advertencia, o tal vez un gesto característico propio de alguien chulesco y soberbio como él. Los paró en seco y habló con rotundidad y con la claridad suficiente como para romper mi silencio en pedazos.

—Sólo nos puede llevar a un sitio. A que mi bala sea más lenta que tu dinero o a que aceptes el trato que voy a proponerte. A tu padre le faltó un dólar. Y yo, por un dólar, mato; pero puedes cambiar tu vida y la de tu familia hoy mismo.

—¿Cómo?

—La guerra es algo que no podemos evitar, está por encima de bandas de asesinos como nosotros, pero toda guerra genera negocio, y para ciertos negocios, lo mejor es contar con gente que no pueda traicionarte, como tú, que a día de hoy no estás en posición de traicionarnos. Toda esta vida acomodada que tienes costó dólares que quitaron la vida de gente que mató tu padre. Ahora te toca pagar la comisión.

Aquel día debí quitarme la vida allí mismo. Jamás debí aceptar aquel trato, jamás debí ir a la guerra con él y sus hombres, jamás debí escapar. Cuando matas para alguien, al final sus balas te acaban persiguiendo a ti también.

 

Febrero de 1865. Tras el fin de la Guerra de Secesión.

Casi no podía articular las rodillas para caminar, pero lo hice. Anduve hasta la casa, inclinándome hacia adelante para amortiguar el soplo incesante del vendaval. A escasos  veinte metros del soportal principal, vi como las contraventanas interiores tenían las hojas arrancadas. El viento y la nieve entraban con violencia a través del hueco que dejaban las ventanas rotas. El tejado escribía su derrumbe, y las cortinas estaban resquebrajadas. Tan sólo quedaban algunos pequeños jirones atorados en los salientes de los maderos. Una implacable sensación de invasión asolaba la casa. Me agarré a la barandilla de la escalera para subir al soportal y caí abatido por el cansancio al borde de la puerta. Cuando pude tomar un nuevo brote de aliento, me incliné, poniéndome de rodillas. Traté de incorporarme  despacio hasta alcanzar la puerta. La golpeé repetidas veces con el hombro hasta que por fin abrió lo suficiente como para poder pasar al interior de la casa.

El alarido del viento resonaba por toda ella. Un apabullante silbido parecía llorar dentro, como si la propia vivienda implorase ayuda por una tragedia ocurrida en su interior. Todo estaba destrozado, la nieve se amontonaba en todos los rincones y en todos los muebles. Batí con la mirada todo el espacio hasta que vi lo que no debí haber visto jamás. Al fondo de la estancia principal, apoyados contra una de las paredes, estaban Beth y mis tres hijos —Adam, Rusty y Percival— atados de pies y manos, cada uno en una silla, como si hubiesen querido que los cuatro recibiesen así mi llegada.

Yacían desnudos y congelados.

Dejé el rifle en el suelo y me aproximé a ellos. Percibí un agudo olor a putrefacción y sangre a medida que me acercaba más a sus cuerpos. Avancé hasta quedarme a centímetros de sus pies, sin adoptar ningún gesto de aflicción y sin desviar el paso más de lo que el viento cruzado que entraba por las ventanas me obligaba a hacer. Sus caras miraban al cielo, reposadas y abatidas sobre el respaldo de las sillas. Tenían los dedos mutilados, los ojos y la boca abierta. Un aura de sufrimiento recorría todos sus cuerpos ensangrentados.

Aquella imagen, por dura y diabólica que pareciese, apenas me sobrecogió, y mucho menos me extrañó. Tal vez fuese el precio a pagar por haber tomado las decisiones erróneas durante toda mi vida, o por haber estado en el lugar inadecuado en el momento más inoportuno. O tal vez por decidir haberlo estado.

Beth y los chicos casi parecían no estar allí, parecían un espejismo en mi debilitada mente. Aún así, les pasé la mano por la cara a los cuatro y les tapé los párpados. Después de varios segundos mirándoles me senté en el suelo, en una esquina de la pared, junto a ellos. Saqué el revólver que portaba bajo el poncho e introduje el cañón en mi boca, apuntando hacia el cerebro. Dicen, que esa es la única forma eficaz de suicidarse con un disparo sólo. Es imposible que en esa posición, la bala no atraviese el cerebro y te mate al instante. Y yo no quería ya otra cosa que no fuese aquel suicidio rápido y certero. Reunirme con Beth y con mis hijos.

La última vez que los había visto fue el día que vino Godfrey ‘Dos Dedos’ al rancho. Cuatro años buscando un fin para todos los actos deplorables que estaba cometiendo, pero la sombra del mal es demasiado larga.

Dicen que cuando estás a punto de morir te vienen a la cabeza los mejores recuerdos de tu vida. No es así. Para mi no fue así. Cerré los ojos, amartillé mi C.Mason Army del 60, relajé la respiración pensando en el último invierno que pasé con ellos en Nebraska y apreté el gatillo.

“A veces, las decisiones más importantes de nuestra vida no las tomamos nosotros, sino nuestro revólver, y este siempre llega cuando ya es tarde”.

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